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La bondad que dejamos en el campo

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Una reflexión sobre la solidaridad, la vida comunitaria y aquello que la ciudad moderna parece estar arrebatándonos

Una reflexión sobre la solidaridad, la vida comunitaria y aquello que la ciudad moderna parece estar arrebatándonos

Hay palabras que usamos para describir a los demás sin detenernos a pensar en lo que realmente estamos diciendo. “Campesino” y “barrial” son dos de ellas. Con frecuencia las pronunciamos con cierto tono de superioridad, como si fueran sinónimos de ignorancia, malos modales o falta de educación.

Pero quizá hemos cometido una injusticia.

Porque mientras algunos miramos al campesino o al habitante del barrio desde la distancia, hay algo que muchos de ellos conservan y que la vida moderna en la urbe parece estar arrebatándonos poco a poco: la capacidad de vivir pendientes de los demás.

Una solidaridad que no necesita discursos

En el campo y en los barrios existe una solidaridad que no necesita campañas, protocolos ni grandes discursos. Es una solidaridad cotidiana, espontánea y profundamente humana.

Si alguien enferma, aparece una vecina. Si ocurre un accidente, la gente corre a ayudar.

Si una madre tiene que salir, alguien cuida a sus hijos. Si en una casa falta comida, otra comparte lo que tiene. Y cuando alguien llega, se le ofrece un café.

No porque haya una obligación, no porque se espere algo a cambio. Simplemente porque así se aprendió a vivir.

Quizás una de las cosas que más extraño de mi niñez en El Cercado es precisamente esa cercanía.

Cuando recuerdo aquellos años, pienso en la gente, recuerdo el abrazo.

La comida que pasaba de una casa a otra, el café compartido.

La vecina que aparecía cuando alguien estaba enfermo.

Recuerdo esa sensación de que uno nunca estaba completamente solo porque siempre había alguien cerca dispuesto a tender la mano.

Hasta el saludo tenía otro significado.

Un “buenos días” no era simplemente una cortesía. Era un deseo genuino de que al otro realmente le fuera bien.

Vivimos juntos, pero separados

Hoy vivimos rodeados de personas a las que apenas conocemos.

Podemos encontrarnos todos los días con el mismo vecino en un ascensor y no saber su nombre. Podemos vivir pared con pared durante años sin conocer su historia.

Tenemos más medios para comunicarnos, pero paradójicamente cada vez nos cuesta más encontrarnos.

Llevo ocho años viviendo en un residencial de la ciudad y conozco una sola familia.

Y hay algo curioso: esa familia también es campesina, como yo.

No pretendo decir que la ciudad haya convertido a las personas en malas. Sería injusto y simplista. La ciudad ofrece oportunidades, servicios y posibilidades que muchas veces no existen en las comunidades rurales.

Pero la vida urbana sí parece habernos acostumbrado a la distancia.

Tenemos puertas de seguridad, cámaras, vehículos, teléfonos inteligentes y redes sociales. Sabemos lo que ocurre en la vida de personas que viven a miles de kilómetros, pero podemos ignorar que nuestro vecino está enfermo, que perdió su empleo o que atraviesa una dificultad.

Vivimos juntos, pero separados, nos vemos, pero no nos conocemos, nos cruzamos, pero no nos saludamos.

Y cuando desaparece la cercanía, comienza a desaparecer también algo esencial: el sentido de comunidad.

El prójimo que todavía podemos encontrar

Hay una historia del Evangelio que cobra una vigencia extraordinaria en estos tiempos. En Lucas 10:25-37, Jesús cuenta la parábola del Buen Samaritano.

Un hombre es asaltado, golpeado y abandonado en el camino. Varias personas pasan junto a él y siguen de largo. Finalmente, un samaritano se detiene. Se acerca, atiende sus heridas y se ocupa de él.

Cuando Jesús pregunta quién fue realmente el prójimo de aquel hombre, la respuesta apunta hacia quien tuvo misericordia.

Y entonces concluye con una frase sencilla y exigente: “Ve, y haz tú lo mismo”.

A veces pienso que el Buen Samaritano sigue vivo en nuestros campos y nuestros barrios.

Está en la vecina que prepara un plato de comida para una familia que atraviesa dificultades.

Está en el hombre que corre a auxiliar a alguien accidentado.

Está en quien se queda cuidando a un enfermo.

Está en la madre que recibe en su casa a los hijos de la vecina mientras esta resuelve una emergencia.

Está en quien comparte lo poco que tiene.

No son personas perfectas. No necesariamente tienen títulos universitarios ni grandes recursos económicos.

Pero poseen algo que ninguna certificación garantiza: sensibilidad humana.

La enseñanza de una campesina

Cuando pienso en esa forma de vivir, pienso inevitablemente en mi madre, doña Florencia.

Una campesina a carta cabal.

Ella nos enseñó, con su propia vida, que la solidaridad no consiste en dar lo que nos sobra. Muchas veces consiste en compartir precisamente aquello que tenemos.

Esa enseñanza venía de sus padres y de una cultura comunitaria donde el otro no era un extraño.

Era parte de la vida.

Mi madre no necesitaba hablar demasiado sobre solidaridad. La practicaba.

Y creo que esa es una característica de muchos campesinos: hacen de la generosidad una forma de existencia sin convertirla en discurso.

Quizás por eso duele tanto comprobar que algunos de quienes llegamos a la ciudad terminamos perdiendo esas costumbres.

Nos adaptamos, nos encerramos, nos volvemos indiferentes.

Y poco a poco dejamos atrás aquello que alguna vez nos enseñó a ser humanos.

Para dar no hace falta tener mucho

Una de las grandes lecciones que recibí del campo es que para dar no hace falta tener mucho.

Se puede compartir desde la carencia, un plato de comida, una taza de café, una conversación, un abrazo, una mano para ayudar, una sonrisa, un saludo.

Un minuto para escuchar.

A veces creemos que para ayudar necesitamos resolverle la vida al otro. Y no siempre es así.

Quizás la persona que tenemos al lado no necesita dinero. Quizás necesita saber que alguien se preocupa por ella.

Por eso creo firmemente que nadie es tan pobre que no tenga algo que ofrecer.

Y hay otra verdad que deberíamos recordar: cuando damos, no solamente ayudamos a quien recibe. También transformamos el ambiente en el que vivimos.

La bondad genera bondad.

Una persona ayuda a otra y esa persona, mañana, puede sentirse motivada a ayudar a una tercera. Así nace una cadena invisible de solidaridad. Así se construye una comunidad.

Llevar el campo a la ciudad

Por eso esta reflexión no pretende ser una defensa romántica del campo ni una condena de la ciudad.

Es una invitación.

A quienes nacimos en el campo.

A quienes crecimos en los barrios.

A quienes algún día tuvimos una vecina que nos cuidó, un vecino que nos ayudó o una familia que compartió con nosotros lo poco que tenía.

Llevémoslas a nuestros residenciales.

Hagamos que nuestros edificios vuelvan a tener vecinos y no solamente propietarios.

Saludemos con entusiasmo, cedamos el paso, sonriamos.

Preguntemos cómo está el otro.

Ayudemos al que lo necesita.

Compartamos lo que podamos.

Si alguien enferma, acerquémonos. Si alguien tiene una dificultad, tendamos la mano.

Si alguien está solo, regalémosle unos minutos.

No esperemos a tener abundancia para comenzar a dar. Demos de lo que hemos recibido.

¿Nos estamos aislando?

La sociedad moderna nos ha enseñado a proteger nuestra privacidad, nuestro tiempo, nuestros bienes y nuestro espacio. Y eso tiene valor.

Pero en algún punto debemos preguntarnos si, en ese esfuerzo por protegernos, no terminamos aislándonos.

Porque podemos tener una casa grande y vivir en absoluta soledad.

Podemos tener cientos de contactos en el teléfono y no tener a quién llamar cuando necesitamos ayuda.

Podemos conocer el mundo entero a través de una pantalla y desconocer completamente a quien vive detrás de nuestra pared.

Quizás necesitamos recuperar algo sencillo.

Volver a saludarnos.

Volver a mirarnos.

Volver a compartir.

Volver a preocuparnos.

Volver a entender que el vecino no es un extraño.

La nostalgia también puede ser una invitación

Yo extraño aquella vida.

Extraño el abrazo.

Extraño el café.

Extraño la comida que pasaba de una casa a otra.

Extraño aquella certeza de que, si algo ocurría, alguien aparecería.

Pero la nostalgia no tiene que servir solamente para mirar hacia atrás.

También puede servir para recordar lo que todavía podemos recuperar.

Por eso, a cada campesino que vive en la ciudad y a cada persona que salió de un barrio y llegó a un residencial, le hago una invitación:

No permitamos que la ciudad nos robe lo mejor que aprendimos.

Llevemos el campo con nosotros.

Llevemos el barrio con nosotros.

Llevemos la solidaridad.

Llevemos la cercanía.

Llevemos la capacidad de dar sin preguntar qué recibiremos.

El verdadero significado del progreso

Porque quizá el verdadero progreso no consiste únicamente en vivir en edificios más altos, conducir vehículos más modernos o tener teléfonos más inteligentes.

Quizás progresar también significa volver a ser capaces de preocuparnos por el ser humano que tenemos al lado.

Y tal vez, después de todo, Jesús tenía razón cuando nos dijo que fuéramos e hiciéramos lo mismo que aquel samaritano.

Detenernos.

Mirar.

Acercarnos.

Ayudar.

Porque nadie sabe cuándo puede necesitar de la mano de otro.

Y porque, al final, quizá la mayor riqueza que podemos dejar en este mundo no sea lo que acumulamos, sino la cantidad de personas cuya vida hicimos un poco más llevadera mientras estuvimos aquí.

Esa es la bondad que aprendí en el campo.

Esa es la bondad que extraño.

Y esa es la bondad que, todavía estamos a tiempo, de llevar de vuelta a la ciudad.

Edgar Reyes

Escritor, estratega LSSBB, filósofo-PCP, docente y asesor estratégico, especialista en mejora continua.

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